
- Ave María Purísima. - Sin pecado concebido. - Padre, vengo a confesarme. Para serle sincera soy atea, y no de esas que rezan a Dios cuando les conviene, pero esta vez no sé a quién acudir. Verá, Padre, he caído en seis de los siete pecados capitales y mi alma no puede soportar el cargo de conciencia. Además estoy a punto de caer en el séptimo. El primero en apoderarse de mi ser fue la pereza: una tarde de Agosto, viernes, no tuve ganas de quedar con mis amigos de siempre, así que quedé con gente que hacia tiempo que no veia, aquel viernes tarde fue cuando mis ojos se posaron en él, Padre, aquel viernes tarde fue el desencadenante de mi poco ejemplar comportamiento… Pero Padre, ¡si hubiera visto lo feliz que me hacía! Fue como volver a la vida: de pronto tenía ganas de levantarme por la mañana y todo tenía un rosa bonito. Porque sí Padre, él me correspondía (o eso decía…). Entonces me atacó la lujuria, Padre, la lujuria… Debo reconocer que a tal pecado mi alma es especialmente vulnerable y que mi voluntad para esquivar semejante tentación es escasa. Pero ¿y lo bien que me lo pasaba qué, eh? No lo sabe usted padre… ¡No lo sabe!. Aquello era empezar y no saber acabar, era olvidarme de pensar… Era puro vicio, Padre, ¡puro vicio! Pero a Dios pongo por testigo de que pensé que era vicio enamorado, Padre… Y entre tanto desvarío impaciente la avaricia le hizo un jaque a mi conformismo, volviendo mis deseos codiciosos y mi sed insaciable. Vale, sí, admito que puede que quizás quepa la posibilidad de que influyera notablemente el hecho de que alguna que otra vez hubiera ingerido sustancias tóxicas poco piadosas a la hora de aplicar en mí sus efectos secundarios, pero por todos los santos le digo que el espejismo del amor me acompañaba en todo momento. No sé si usted habrá sentido en su vida nada parecido… Por si acaso le explico: se te quitan las ganas de comer, no quieres dormir porque te parece que tu vida es un sueño en sí misma, pensar en él es como viajar al más idílico de los paraísos y nada es capaz de superar su compañía que, con solo una mirada, puede quitarte la respiración y, con solo un gesto, desgarrarte por dentro. El caso es que hasta aquí no debería considerársele pecado a nada de lo anteriormente mencionado, a excepción de la pereza, pero los acontecimientos siguientes condicionan notoriamente todo juicio que se elabore de todo lo anterior. El caso es, Padre, que todo esto se convirtió en un amor disfrazado de juego (o eso pensaba yo…). De cualquier manera se asemejaba bastante a una montaña rusa, la montaña rusa de mi felicidad. Disfrutaba de cada minuto como si fuera el último y en los momentos que se quedaba parado agonizaba de forma extrema, tanto que llegué a padecer de algo similar a la ansiedad. Y aquí viene el siguiente pecado que achacó a mi pecaminosa existencia: la gula. Pasé de no querer comer nada a comer incluso sin hambre por la simple de idea de carecer de mi smilator o droga de la felicidad. Pero las dimensiones de mencionado pecado no alcanzaron ni de lejos a los que vienen ahora de la mano, y mucho menos a la lujuria y la avaricia. Supongo que por descarte se imaginará cuáles son los siguientes pecados que vienen de la mano: la envidia y la ira. O mejor al revés. Porque no sé si usted sabrá la frustración y la impotencia que invadieron todas las interconexiones de mi organismo cuando procesé la información de que mi smilator no sería mío nunca más. La hecatombe fue inminente. No se imagina lo que es tenerlo todo a menos de un suspiro, estar saboreando tu helado favorito y que de repente te lo quiten y se lo den a otra persona, y que encima esa persona se lo coma delante de tus narices. Así que sí, la ira instaló su campamento en mi fuero interno y desató lo peor de mí. Por supuesto el ver como otro alguien se comía mi helado favorito no hizo más que despertar en mí una envidia estrepitosa que al reaccionar con la ira se transformó en una combinación similar a la de una bomba nuclear. Y Padre, yo no sé qué me impulsó a actuar como actué, yo no sé qué me llevó a los extremos que llegué… Yo estaba convencida de que mis actos no estaban movidos por la maldad, pensé que eran justicia en su estado más puro, pero ahora entiendo que estaba equivocada. No sé, Padre, no sé. Era todo tan confuso y yo me sentía tan impotente. Fue como una emboscada, y entonces lo entendí todo. Fue cuando comprendí que mi amor disfrazado de juego era su juego disfrazado de amor y vi como mi construcción de LEGO hecha con piezas de cristal se derrumbaba y destrozaba sin que yo pudiera hacer nada para remediarlo. ¿Usted sabe lo que es eso, Padre? Aún así no vengo a pedir perdón ni piedad, Padre. Sé que bajo el punto de vista de lo religioso esto no lo cura ni un millón de Ave Marías y un mes de abstinencia, Padre, pero le recuerdo lo que dije al principio acerca de mi ateísmo. Yo vengo a pedir disculpas por lo que a continuación sucede. En mi total convicción de estar enamorada hasta las trancas convine en el siguiente decreto: más vale que sea feliz y me baste con su sonrisa para serlo yo también. Y Padre, le juro por lo más sagrado que puse todos los medios que en mi mano estuvieron para hacer esto posible. ¿Sabe usted todo lo que he tenido que aguantar? No, no lo sabe. ¡Ni se lo imagina! Han sido un sinfín de cambios de humor, de tratarme bien y al segundo siguiente hacerme sentir como la pero mierda (discúlpeme usted por la expresión) del planeta; en definitiva, de darme una de cal y diez de arena. Él no tenía ningún derecho a tratarme así ni yo merecía que lo hiciera. Nadie sabe lo que he llorado, Padre, nadie lo sabe. Nadie sabe lo que he sufrido, Padre, nadie lo sabe. Nadie sabe lo que he callado, Padre, nadie lo sabe. Porque mientras que sus ojos me hacían mil reproches y atacaban justo en el centro de mi corazón con toda la crueldad que puede tener una persona y más, los míos se mostraban apacibles e inquebrantables. Lo que nadie sabía es que por dentro mis órganos vitales se estaban pudriendo, Padre. Pero me dicen que soy muy impaciente, que toda gran recompensa conlleva un gran sacrificio, de modo que apacigüé cuanto pude mi febril impaciencia y acallé cada ápice de mi mente que me gritaba que parase de castigarme. Porque Padre, ni siquiera Dios conoce peor castigo que el auto-culparse por la pérdida de algo que se consideraba importante. Llegué hasta pensar en pedirle cada noche a la luna que sonriera para él, en levantarme antes para pintar su cielo del azul añil más hermoso que unos ojos puedan ver, en situarme en la puerta de sus sueños y evitar que entraran pesadillas maleducadas que intentasen perturbar su tranquilidad, Padre. Llegué a pensar en sacrificar todo mi tiempo y fuerzas por ver en su rostro las mejores sonrisas; pero no Padre, no. No se puede renunciar a la integridad de una persona por un amor que ni siquiera existe. No me culpe por ser inocente y creer que todo lo que brilla es oro, Padre, pero alguien me dijo una vez que en el mundo hay más gente buena que mala… Ya veo que estaba equivocado. Sea como sea le pido que me diga qué hacer para que Dios perdone mi falta de soberbia. Padre, es que hoy he entendido que realmente ha conseguido engañarme con falsas palabras de amor y ha conseguido mantenerme engañada con cada tira y afloja; y yo no quiero vivir más mentiras. Padre, hoy me he dado cuenta que él representa todo aquello que yo siempre he criticado: egocentrismo, hipocresía, maldad, chulería, apatía… Pero me aferré a su encanto natural, su facilidad para encandilarme y al deseo de tenerle que vivía en mí. Pero hoy se acaba todo, Padre. No voy a consentir ni un solo ataque más, pero tampoco abriré el fuego. Voy a dedicarme a mí, a rehacerme; porque, Padre, me he descuidado mucho. Y ¡eso sí que debería ser un pecado! Porque eso de la caridad está muy bien, Padre, y yo no me he leído la biblia ni nada, pero creo que la persona debería estar por encima de otras personas y de Dios, porque si descuidas tu persona difícilmente podrás cuidar de otras… ¿Usted qué opina, Padre?
- Hija, no sé dónde te habrás metido, pero huye de ese endemoniado que envenena tu ingenua y dulce alma…
- Hija, no sé dónde te habrás metido, pero huye de ese endemoniado que envenena tu ingenua y dulce alma…
La verdad que de vez en cuando un descenso a los infiernos no viene mal, una vez que se sale, salimos fortalecidos, yo creo que la chica del relato se abandonó a si misma, sin querer, todo por amor, porque cuando estás enamorado hasta las trancas de alguien tu centro de antención es la otra persona, y a veces pasa que uno deja de ser uno mismo por amor, sin ser consciente de ello. Cuando todo se acaba, llega el vacío y de el emergen los pecados capitales jejeje Yo creo que no es malo, es una manera de purgar, es cuando llega el reencuentro con uno mismo, te pones frente al espejo y te buscas, una vez te encuentras el otoño en el que estabas sumergido desparece para darle paso a la primavera. Este relato para mi cuenta el proceso de reencuentro, me ha gustado mucho, un saludo!!
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