Es relajante no pensar en nada, dejar que los peces jugueteen entre los dedos de los pies mientras la fría corriente hace que las hojas caídas se precipiten en una carrera de velocidad hacia el mar. La luz del sol se filtra entre las hojas de los árboles, haciendo que un recuerdo atraviese mi mente como una aguja, pequeña, punzante y dolorosa cuando no se sabe manejar bien. Le echo de menos, echo de menos sus conversaciones, su manera de entonar suv oz y de acompañarlo con un lenguaje gestual que absorve toda mi atención hacia su discurso. Quiero verle aparecer por la esquina y que me diga: ¿De qué hablamos?...En realidad, él me atrae, pero de una manera especial, me gusta su charla. Me encanta que siempre tenga algo que decir y que nunca le falten argumentos a la hora de defender sus opiniones. Me enloquece el duelo en el que entramos cuando intentamos arrastrarnos el uno al otro hacia nuestra propia posición y cómo al final, cuando nos damos cuenta de que es inútil seguir con el debate, ya que ninguno damos nuestra mano a torcer, sonreímos y pasamos a hablar de otro tema. Hace algunos meses que no le veo, hace más de dos meses que no escucho su voz... y la verdad es que ya necesito sentirle cerca, para volver a reir, llorar o incluso discutir a su lado... Oigo pasos que se acercan desde el otro lado de la esquina. Deseo que sea él. Mi pulso se acelera, mi mente empieza a seleccionar las palabras que voy a decirle, todo mi cuerpo se prepara para estremecerse con su abrazo. Desde la esquina se apróxima una silueta masculina, pero no es él. Sintiéndome estúpida, por esperar que esa persona fuera él, dejo escapar un suspiro en el que deposito todos mis anhelos. Los peces han dejado de juguetear entre mis dedos, se han ido con la corriente.
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